Duarte: El santo de la Patria

SANTO DOMINGO.- Quiero realzar a Juan Pablo Duarte. Razón: la dominicanidad rendida a los pies de su Padre Fundador, en el 208 aniversario de su natalicio. Han transcurrido más de dos siglos desde que naciera el 26 de enero de 1813, en la villa tropical de Santo Domingo. Esta villa era apenas un caserío apacible y humillado por la poderosa presencia de Haití.

En efecto, Jean Pierre Boyer había penetrado en 1822, al frente de sus huestes haitianas, y había unificado la isla. Fue el gran unificador, como lo había sido Toussaint Louverture en 1801, y abolió la esclavitud. Estas unificaciones encimaron el lema de “La isla es una e indivisible”, poniéndolo como razón de Estado y como palanca nacional.

Cierto, el pueblo haitiano había fraguado una conciencia nacional y una identidad genuina e innegociable. Ese imaginario colectivo unificó al pueblo en torno a un destino común: la libertad de los negros esclavos. Fue así como rompieron las cadenas de la esclavitud e instauraron una república negra en América.

Duarte afrontó la ocupación, definió la dominicanidad -dándole un perfil propio y nacionalista- y forjó un ideal de nación. Sus ideas, románticas y entrevistas en Europa, se desplegaron en un intenso batallar por la liberación de su patria oprimida.

Para emancipar a su pueblo humillado, tuvo que agrupar y dirigir a jóvenes valientes -porque él, joven también, creyó siempre en la juventud. En 1838, crearon la Trinitaria como instrumento de redención nacional. Claro, faltarían seis años para cumplir ese hermoso sueño de libertad, pero la semilla estaba ya regada.

El patricio no solo tuvo que bregar con los opresores haitianos, sino también con los malos dominicanos. Eran muchos los que querían vender la patria, defendiendo intereses antinacionales y propósitos espúreos. Duarte ejecutó, así, una maniobra política: se alió a un sector haitiano para deponer a Boyer y canalizar el proceso revolucionario; y se enfrentó al bando conservador y vendepatrias.

En ese enfrentamiento feroz, tuvo un punto de avenencia: la defensa de la joven república. En Baní se reunió con Santana, un primate que había dejado el pellejo en los campos de batalla. Fue un encuentro disímil: el Santo contra la Bestia, la Utopía contra la Espada. Allí, frente a frente, se jugaba la suerte de la desdichada nación. Lo único cierto era que Haití unificaba el sentimiento nacional.

Duarte partió de Baní, opacado por la Bestia humana. De regreso en Santo Domingo, hizo la primera rendición de cuentas: le entregaron mil pesos, solo gastó 127 y devolvió los restantes 873. Todo detallado.

Finalmente, llegó el 27 de Febrero de 1844 y se iluminó el porvenir. Después de 22 largos años de dominación haitiana, los dominicanos se descubrieron a sí mismos: no eran negros como los haitianos, sino “blancos o indios”; no hablaban el créole sino el español; no practicaban el vudú sino el catolicismo. La dominicanidad, torcida por otro espejo que la refleja y la deforma, no sabe lo que es pero sí lo que no es: se afirma en la negación. La haitianidad es su anverso y reverso. Ahora sabemos porqué el menudo pero pujante conglomerado nacional erigió la herencia hispánica como fuente del orden nacional. Concluyo: el pueblo dominicano descubrió que era la primicia de América. (En otro lugar sabremos por qué Santo Domingo es la simiente de América.)

He hablado de las sórdidas luchas fraticidas que ensangrentaron a la república. Dos bandos se devoraban con nitidez: los liberales de Duarte y los conservadores de Santana, los independentistas contra los entreguistas. El resultado de ese conflicto brutal fue una síntesis de pensamiento y de acción: el separatismo. Así, lo que principió como un anhelo de independencia se transformó en una transacción política que mediatizó el impulso original.

Debo decir que esa transacción -espúrea y trágica- encontró su figura máxima: Tomás Bobadilla y Briones, el gran camaleón de la dominicanidad. Ese señor adolecía de sapiencia política y tenía un gran sentido de la oportunidad y del momento. Lo demostró una vez más: examinó el acta de independencia nacional -el Manifiesto del 16 de enero de 1844-, reelaboró sus términos y se puso a la cabeza del movimiento separatista. Independencia por Separación: inversión dramática de términos, nuevo trueque del ideal nacional. La patria daba vueltas en la cabeza de los separatistas, rodando como una moneda de intercambio político.

Bobadilla fue el gran artífice de la Separación nacional. Así, interpretando la corriente de los tiempos, dio un golpe de mando y asaltó el poder. Todo estaba ya consumado por partida doble: por un lado, el anhelo independentista de Duarte; por otro, la transacción conservadora.

Claro, esa transacción separatista había llenado su pleno cometido. Sin embargo, se desplegaba en censurables esfuerzos por entregar la República. El mejor postor era una potencia extranjera: Francia, Inglaterra, Estados Unidos. El Plan Levasseur se cumplía con pasmosa rapidez: el cónsul francés, Eustache Juchereau de Saint-Denis, acogía en su regazo a los separatistas de la transacción, y debatían el destino del pueblo dominicano.

Duarte rabió y tronó contra ese bando malvado. Pero la suerte estaba echada. De regreso en la incipiente república -donde lo recibieron como el Padre de la Patria, tras pasar meses en el frío destierro-, recorrió el Cibao y fue proclamado presidente. Su respuesta aún resuena en los anales históricos: “Sed justos lo primero, si quereis ser felices; pues ese es el primer deber del hombre; y sed unidos y así apagaréis la llama de la discordia, y venceréis a vuestros enemigos”. El resto es otra historia y exige otra mirada al pasado.

El anhelo duartista: crear una patria independiente y soberana, con todos los atributos de una nación propia, se ha convertido en una quimera.

Malos dominicanos acechan para desgarrar a la república y hundirla en corrupción y podredumbre.-